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En
Texas se ejecuta a más personas que en cualquier otra jurisdicción
del mundo occidental. El número de muertos es sorprendente: de las
74 ejecuciones llevadas a cabo en Estados Unidos de América en 1997,
la mitad tuvieron lugar en Texas, una cifra sin precedentes desde
la restauración de la pena de muerte. Entre la reanudación de las
ejecuciones en 1977 y fines de 1997, en Estados Unidos fueron ejecutados
432 presos en todo el país, de los que la tercera parte (144) lo
fueron en Texas.
Aunque en la era moderna 29 estados de la Unión han llevado a cabo
una o más ejecuciones, ninguna otra jurisdicción estadounidense
puede rivalizar con la apetencia de homicidios judiciales de Texas.
En este estado se han llevado a efecto más ajusticiamientos que
en la suma de los cuatro que le siguen en cuanto a número de ejecuciones:
Virginia (46), Florida (39), Misuri (29) y Luisiana (24).
Pero estas siniestras estadísticas sólo muestran una pequeña parte
de la realidad. En cada uno de los pasos del proceso, la pena de
muerte en Texas se revela como una sucesión de procedimientos judiciales
claramente inadecuados que incumplen las normas internacionales
mínimas para la protección de los derechos humanos.
En Texas se está dispuesto a ejecutar a los presos sin garantizar
antes que su condena y su sentencia se atienen a la Constitución
de Estados Unidos, para lo que debe agotarse el proceso de apelación.
De los 144 presos ejecutados hasta fines de 1997, 14 se habían negado
a recurrir contra sus sentencias y habían consentido en ser ejecutada.
Amnistía Internacional continúa profundamente preocupada por el
bajísimo nivel de asistencia letrada que se proporciona en los juicios
a muchos de los condenados a muerte en Texas. La falta de una asistencia
letrada efectiva durante el juicio se agrava por la falta de disposición
de las cortes de apelaciones a examinar adecuadamente la equidad
y constitucionalidad de las condenas y sentencias de los reos de
muerte.
La pena de muerte se aplica de forma racialmente discriminatoria.
Las personas acusadas del asesinato de un blanco tienen más posibilidades
de ser condenadas a muerte que en los casos en que la víctima es
negra. De los 144 presos ejecutados en Texas hasta fines de 1997,
127 (el 88%) habían sido condenados por el asesinato de un blanco.
Sin embargo, más de la mitad del total de víctimas de asesinato
en Texas pertenecen a minorías étnicas.
El apoyo de la opinión pública a la pena de muerte en Texas se mantiene
firme, lo que socava toda voluntad política de proporcionar una
asistencia letrada gratuita competente y adecuada para los indigentes
juzgados por delitos punibles con la muerte. Esta politización de
la pena de muerte se extiende incluso a la judicatura dado que en
Texas los jueces son cargos electivos.
En Texas se carece de un sistema estatal de asistencia letrada
gratuita y no existen requisitos de aptitud para los abogados
defensores designados por los tribunales, ni siquiera en los procesos
por delitos punibles con la muerte. Como resultado, los acusados
indigentes son representados frecuentemente por abogados incompetentes
o mal remunerados, lo que aumenta enormemente el riesgo de que las
sentencias de muerte recaigan de forma desproporcionada sobre los
miembros más pobres de la sociedad.
Recientemente se han promulgado leyes que pretenden garantizar la
designación y financiación de abogados que representen a presos
condenados en los recursos de apelación tras la condena. Sin embargo,
la legislación no establece ningún requisito respecto a la designación
de abogados competentes y a los tribunales les está costando encontrar
suficientes abogados para ocupar las vacantes. En cualquier caso,
la Corte de Apelaciones en lo Penal de Texas desestima la mayoría
de los recursos de hábeas corpus tras realizar un examen superficial.
Hasta 1996, la mayoría de las anulaciones de sentencias de muerte
en Estados Unidos se produjeron en las cortes federales, que encontraron
defectos en los juicios merecedores de anulación en aproximadamente
el 40%de las apelaciones. Sin embargo, la situación ha cambiado
radicalmente desde la aplicación de una nueva ley federal, la Ley
Antiterrorista y de Pena de Muerte Efectiva.
Una de las disposiciones esenciales de la nueva ley exige que los
presos condenados cuyas sentencias hayan sido ratificadas por cortes
estatales presenten la apelación ante una corte federal antes de
abril de 1997. La intención de la nueva ley es aumentar el número
de ejecuciones mediante la imposición de plazos de tiempo estrictos
para la presentación de recursos de apelación, restringir el acceso
de los presos a las cortes federales y facultar a las cortes estatales
para reparar cualquier violación constitucional. Actualmente, a
las cortes federales se les indica que muestren respeto por las
conclusiones de las cortes estatales.
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